Atardecer en las vías del tren:
El sol pega tenue, tibio, haciendo saber que se lleva el
calor pero aun nos deja algo, esa sensación de bienestar antes que la humedad y
el roció se apropie del ambiente efectuando que tiemblen les cuerpes.
La oscuridad se aproxima y el pasto deja su claridad para transformarse
en sombras enormes, desdibujadas, los firuletes; miedos que renacen de la
tierra para atormentar a aquellos desprevenidos.
El tren pasa haciendo temblar las vías, el alrededor su
sonido se sincroniza a los latidos de mi corazón, me transformo en un
pasajero que vibra y viaja, tomo distancia y en la carrea me
deslizo entre el horizonte y el más
haya. No sé dónde voy pero hace rato me dejo de importar, ya no me interesa
llegar, mientras voy me expando y choco con lo que me rodea de repente soy
casas de cemento que refugia familias y soledades.
Soy pintadas en paredes olvidada; un conjunto de colores
para diseñar, decir algo. No siempre sé
que quiero decir.
Mochilas que guardan pintura, billeteras, libretas que cuentan historias, pasadas, presentes,
futuras e inventadas.
Reflexiono como otres,
sin dejar de ser yo.
Ideas, ideas, acumuladas.
Me transformo en árbol que se expande raíz en busca de agua,
hojas que pelean por el sol y cada anillo, años de sequias y abundancias.
Soy electricidad, cables que llevan y en algún lado hacen
luz, una explosión en un foquito.
Como mis ideas, mi cerebro conecta neuronas, un Big-bang que
crea, lleva y trae; como el viento que
sopla y vuela pelos ajenos, transformando arrugas en las caras que quedan casi permanentes.
Múltiples expresiones, que tratan de decir cosas que puedo
comprender aunque me sean ajenas, porque todo lo sentido no es nada nuevo solo
que rozan los diferentes tiempos.
Un estornudo con
dolor en el pecho, un dolor en el pecho
que habla de otra persona ajena a la cual le pertenece ese cuerpo que se está
contorsionando y la oscuridad alcanza a tapar las lágrimas que no son mías pero
me corresponden.