Cuando era chica tenía una casita del árbol, el viento se
encargaba de desarmarla y mis amigos y yo nos encargábamos de reconstruirla.
En ella se encontraba una caja grande, muy grande, con
tierra y yuyos; donde habitaban cascarudos, para mí mis mascotas. Me encantaba
ver como se enterraban, comían, vivían; me gustaba agarrarlos y sentir que
caminaban por mi mano con sus patitas raras, que me hacían cosquillas.
Quizás hoy no los tendría encerrados, les encantaban a mi yo
egoísta. Pero también pienso que me gustaría tener la valentía con la cual
saltaba cada que mis compañeros jugaban carreras y mataban al perdedor, sé que defendí
a los cascas con tanta fuerza como nunca a mí.
Posiblemente sea un poco ellos me brilla ese revoque que
simula ser fuerte, pero si se posa un pie se vuelve en entrañas blandas,
manchando el piso; o quisiera la capacidad de hacer un pósito y desaparecer en
la tierra guardarme hasta que quiera salir.
Tal vez algún día me despierte sola en mi habitación y mi
piel ya no sea lo que es, ni tenga pelos sobre ella, ni los lunares, quizás abra
los ojos y ya no tenga miedo de ser perseguida y por alguna extraña razón me
convierta en un bicho.