Los adoquines de la ciudad se encuentran deteriorados, el
paso del tiempo no le es en vano, se le han salido partes, mis pies los pisan y
suelen tropezar con los sobresalidos todas las mañanas suelen intercambiarse,
mis pies rozan rápidas las calles para poder llegar a otro sitio en la mochi el
peso de los libros.
Pesan como metáfora y como realidad, pesa en información; en
letra por letra que unidas donde el negro y el blanco juegan a decir algo que
refleja el ojo en el cerebro del sujeto que lo interpela.
Susurra realidades, estallan neuronas, crean, descrean y en
ese tremendo barullo resuenan los miedos de aquellos que prefieren la
ignorancia al saber.
Yo creo que las mentes pueden marchitarse, es como ver las
hojas tornarse triste y marrones con el paso del tiempo se desprenden sin ninguna
gota de vida en ellas, deslizándose por el abismo a la nada.
El gris sucio de mis zapatillas viejas atraviesan de un lado
al otro, las diagonales con ligereza quisiera llegar, apresurar el tiempo, destino
tras destino voy repartiendo libros de verdades y ficciones; los dejo en su
nuevo hogar para que puedan florecer, son semillas de poder, manos tras mano.
También son escondidas en plazas y bancos, la gente los
recoge discretamente el conocimiento se expande, estalla como galaxia.
Amo el olor a imprenta, el olor a tinta fresca, es como
cuando el escritor acaba de escupir algo, nuevamente las palabras son dichas,
unidas para reflejar.
¿Te imaginas las palabras invisibles? la cuales unidas no
digan nada
Me llena de miedo.
El temor es casi un hueco en mí, algo que no me detiene,
pero en cada borde arde como fuego que trato de disimular aunque se siente tan
real que podría tocarlo con la yema de mis dedos.
Las viejas historias son contadas, aunque este desorden en la historia las nuevas quedan
marginadas, más que lo normal, no se pueden escuchar cosas nuevas, si las
viejas se están perdiendo.
Caen los muros enormes, los ladrillos nos aprisionan en una
fosa del desconocimiento.
La lluvia humedece toda la ciudad, ahogando el cielo oscuro
lleno de nubes grises, densas parecen reinar a pesar de los soles; hace un
tiempo las palabras fueron prohibidas porque parecían que repiqueteaban en la
cabeza de la gente y las hacía sonar, retumbaban de una en otra, las letras se
convertían en piojos que saltaban alto y se posaban en distintos bochos.
Pero al intentar exterminarlas se volvían raíz; se hundieron
en la carne de muchxs para poder transformarse en hojas.
A pesar de que las botas quisieron pisotear todo sin dejar
rastro de que algún día existieron las palabras, estas fueron más fuertes,
brotan desde los rincones, desde los lugares discretos, como yuyos en la ciudad,
se agarran a cada posibilidad expandiendo las raíces que en algún futuro harán
temblar los edificios.