lunes, 13 de agosto de 2018

palabras


Los adoquines de la ciudad se encuentran deteriorados, el paso del tiempo no le es en vano, se le han salido partes, mis pies los pisan y suelen tropezar con los sobresalidos todas las mañanas suelen intercambiarse, mis pies rozan rápidas las calles para poder llegar a otro sitio en la mochi el peso de los libros.
Pesan como metáfora y como realidad, pesa en información; en letra por letra que unidas donde el negro y el blanco juegan a decir algo que refleja el ojo en el cerebro del sujeto que lo interpela.
Susurra realidades, estallan neuronas, crean, descrean y en ese tremendo barullo resuenan los miedos de aquellos que prefieren la ignorancia al saber.
Yo creo que las mentes pueden marchitarse, es como ver las hojas tornarse triste y marrones con el paso del tiempo se desprenden sin ninguna gota de vida en ellas, deslizándose por el abismo a la nada.
El gris sucio de mis zapatillas viejas atraviesan de un lado al otro, las diagonales con ligereza quisiera llegar, apresurar el tiempo, destino tras destino voy repartiendo libros de verdades y ficciones; los dejo en su nuevo hogar para que puedan florecer, son semillas de poder, manos tras mano.
También son escondidas en plazas y bancos, la gente los recoge discretamente el conocimiento se expande, estalla como galaxia.
Amo el olor a imprenta, el olor a tinta fresca, es como cuando el escritor acaba de escupir algo, nuevamente las palabras son dichas, unidas para reflejar.
¿Te imaginas las palabras invisibles? la cuales unidas no digan nada
Me llena de miedo.
El temor es casi un hueco en mí, algo que no me detiene, pero en cada borde arde como fuego que trato de disimular aunque se siente tan real que podría tocarlo con la yema de mis dedos.
Las viejas historias son contadas, aunque  este desorden en la historia las nuevas quedan marginadas, más que lo normal, no se pueden escuchar cosas nuevas, si las viejas se están perdiendo.
Caen los muros enormes, los ladrillos nos aprisionan en una fosa del desconocimiento.
La lluvia humedece toda la ciudad, ahogando el cielo oscuro lleno de nubes grises, densas parecen reinar a pesar de los soles; hace un tiempo las palabras fueron prohibidas porque parecían que repiqueteaban en la cabeza de la gente y las hacía sonar, retumbaban de una en otra, las letras se convertían en piojos que saltaban alto y se posaban en distintos bochos.
Pero al intentar exterminarlas se volvían raíz; se hundieron en la carne de muchxs para poder transformarse en hojas.
A pesar de que las botas quisieron pisotear todo sin dejar rastro de que algún día existieron las palabras, estas fueron más fuertes, brotan desde los rincones, desde los lugares discretos, como yuyos en la ciudad, se agarran a cada posibilidad expandiendo las raíces que en algún futuro harán temblar los edificios.

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